Monseñor Jorge Murcia Riaño

padre Murcia

Cada tiempo y lugar en la historia necesita hombres y mujeres que marquen la diferencia; hombres y mujeres que no solo reconozcan las necesidades de su entorno sino que formulen respuestas; hombres y mujeres que no sean parte del problema sino de la solución.

Dios nos hace a todos sujetos fundamentales en su Plan de Salvación, pero son pocos los que osan ser activos ante ese llamado de Dios.

El 20 de Octubre de 1895 nació en Bogotá, uno de esos hombres que decidió marcar la diferencia en la Colombia de su época y que hoy, su huella y legado siguen presentes.

¿Quién es este hombre? JORGE MURCIA RIAÑO, Sacerdote Diocesano que creció en un hogar católico donde recibió las bases, valores y virtudes necesarios para descubrir su misión. Era un “hogar de exigente y delicada disciplina”, donde el amor y el respeto por los demás siempre estuvo presente.

Sus estudios los llevo a cabo en el Colegio San Bartolomé, luego en el Seminario Conciliar de Bogotá y posteriormente en el Colegio Pio Latino de Roma donde fue ordenado Sacerdote el 28 de Octubre de 1918. Durante estos años de estudios se marcó “en su personalidad los más altos valores del espíritu que volcó luego en una corriente de apostolado eclesial y social”.

Ya siendo Sacerdote regresó a su país donde inició un trabajo pastoral de profunda repercusión social. Fue el “líder del Apostolado Social”.

En el momento en que la clase trabajadora emergía vulnerable, desprotegida, y explotada; en pleno auge del Capitalismo, la Revolución Industrial; la lucha de clases y las corrientes materialistas y ateas; fue el Padre Murcia Riaño quien levantó e hizo levantarla a los sin voz, para hacer tomar conciencia a los que le rodeaban, escuchaban y leían de la “necesidad de ganar esta causa para Cristo”.

Es así como desde su mente, corazón y manos surgen movimientos y organizaciones que dan respuesta y verdaderas soluciones a la problemática social que vivían “los preferidos y amados de su corazón”: los jóvenes y sencillos trabajadores.

Padre Mria DiscursoPuso al servicio de los jóvenes y trabajadores sus conocimientos, su trato cariñoso y jovial; su carácter abierto, dinámico y emprendedor. Siempre a su lado había un ambiente familiar y acogedor.

Su presencia inspiraba mucho respeto, pero nunca dejó su don de gentes y su capacidad de animador en los juegos y reuniones con los jóvenes y adultos. Era erudito, orador elocuente y persuasivo y sobre todo, digno ejemplo de quienes como él, también querían marcar la diferencia.

Realizó una gran proyección social desde la Liga de Damas Católicas, obra precursora de la actividad organizada de la mujer en el campo del apostolado social. Esta proyección social, le permitió entrar en relación con jóvenes empleadas, conocer su medio, necesidades e inquietudes como también, una búqueda de respuesta efectiva.

Sus organizaciones apostólicas dan como resultado la Compañía de San Juan Evangelista, fundada el 8 de Diciembre de 1932. Esta Compañía se convirtió “en el instrumento institucionalizado y progresivo, para cristalizar su ideal de una juventud trabajadora para Cristo, de un triunfo del amor sobre el odio de clases y de una fraternidad cristiana, que es la única capaz de construir la “civilización del amor””. Hoy, las hermanas de San Juan Evangelista son “la prolongación en el tiempo de sus manos y de su corazón”.

Padre Murcia y JuanistasEl sacerdocio vivido por el Padre Murcia; su profunda espiritualidad; su inquebrantable fe y confianza en Dios; su ardiente servicio apostólico y social; su tenacidad y su lema: “AMOR Y SACRIFICIO” tuvieron y tienen resonancia en las Hermanas de San Juan que hoy 75 años después, siguen asumiendo con generosidad el llamado de trabajar incansablemente por construir la Gloria de Dios en el mundo del trabajo.

El Padre Murcia murió en Bogotá el 15 de Noviembre de 1944, contaba con 49 años de edad. Una corta existencia, pero de total entrega, servicio y confianza en Dios.

No interesa cuan largo o corto sea el camino, lo fundamental es que al llegar al final, tus huellas marcadas sean dignas de ser seguidas por quienes apenas comienzan su camino.

“Si yo dejara a mis hijos la confianza en Dios, moriría tranquilo”.

J.M.R